lunes, 11 de enero de 2010

Eleuterio Prado Villarroel


Datos biográficos

Eleuterio Prado Villarroel nació en Prioro (León) el 20 de febrero de 1915. Pertenecía a una familia de humildes labradores, de una conducta moral intachable y profundamente religiosa. Destacaba en la familia la devoción a la Eucaristía y el rezo diario del Rosario. Su madre, “Tía Dominga”, tenía fama de santa. Era muy conocida no sólo en Prioro, sino también en los pueblos vecinos como apóstol y fundadora de las llamadas “Marías de los Sagrarios”, movimiento que aún perdura y que fomenta la devoción a Jesús Eucaristía.
Teyo, como se le llamaba familiarmente, desde niño se sintió llamado a se­guir los pasos de su hermano, el Padre Máximo, que sería un gran misionero en Texas. Inició los cursos secundarios en el juniorado de Urnieta (Guipúzcoa). Tenía alguna dificultad para los estudios y optó por seguir en la Congregación como Hermano Oblato.
Así pues, hizo el noviciado en cali­dad de Hermano Coadjutor y emitió los primeros votos el 25 de abril de 1928.
En 1930 se abre la nueva casa del escolasticado en Pozuelo y es destinado a esta comunidad. El 28 de abril de 1935 hace la oblación perpetua y queda integrado para siempre en la Congregación de los Misioneros Oblatos hacia la que siempre ha demostrado gran cariño.
Era piadoso y afable. A Teyo siempre se le veía contento, servicial y animador. Era muy mañoso sobre todo en ebanistería, que fue su principal cometido.

Detención y martirio

En su comunidad de Pozuelo le sorprende la invasión de los milicianos que se adueñan de la casa el 22 de julio de 1936. Detenido con sus hermanos de comunidad, tras la ejecución nocturna de seises Oblatos y un padre de familia, es trasladado a Madrid y, puesto en libertad, acude buscando refugio a la casa provincial de la calle Diego de León. Allí permanece hasta el 10 de agosto, fecha en que expulsan a toda la comunidad, incautándose de la casa, y encuentran refugio en una pensión en la Carera de San Jerónimo.
Allí vive escondido hasta que el 15 de octubre, fecha en que es detenido de nuevo y llevado a la Cárcel Modelo y trasladado después a la de San Antón, de la que se “sacarán” el 28 de noviembre de 1936 para ser martirizado. Tenía 21 años.

Testimonios

En la comunidad de Pozuelo destacaba por la alegría y generosidad con las que prestaba toda clase de servicios en las faenas más humildes. Eleuterio no perdió su carácter jovial y optimista, no exento de virtud sobrenatural, en los momentos de persecución y cautiverio previos al martirio, dando ánimos a los compañeros de prisión. Así lo manifiesta una sobrina, Felipa Prado:
Siempre he oído que mi tío era un hombre muy optimista, alegre, en todos los momentos, incluso estando en la cárcel. Creo que esto es un signo de confianza en Dios, como quien vive muy seguro de que Dios no nos deja nunca de su mano. Esta confianza en Dios es la que le hacía mantenerse alegre cuando las circunstancias que vivía eran adversas y, en el caso de la cárcel, podían hacerle prever una muerte próxima.
Destaca el ánimo que infundía a sus compañeros en la cárcel y en el proceso hasta el martirio.


A propósito del martirio, el P. Delfín Monje detenido también, y que le precedió en la Cárcel Modelo, escribe:
Serían las ocho de la mañana cuando veo entrar por la puerta del calabozo a una cara conocida: era el hermano Eleuterio Prado. Venía sonriente, como joven que era y no había adivinado la tragedia que había comenzado.
Detrás de él, otras caras conocidas: el hermano Publio Rodríguez y el hermano Angel Villalba. Comprendimos que los Oblatos refugiados con el P. Esteban en la pensión de san Jerónimo habían sido detenidos igualmente.
Las condiciones en la cárcel -prosigue su sobrina-
eran durísimas, les hacían pasar hambre y, a consecuencia de los malos tratos, algunos de ellos llegaron a morir. Estaban hacinados y las condiciones higiénico-sanitarias simplemente no existían.
Los carceleros buscaban fundamentalmente la apostasía de la fe, cosa que no sucedió en ninguno de los religiosos de distintas congregaciones (Oblatos, Agustinos, Hospitalarios…) que había en la cárcel. Era tal la firmeza en la confesión de la fe, que algún miliciano llegó a decir que le daban ganas de seguir su ejemplo, al verlos tan firmes en la fe.

En la cárcel de San Antón, Eleuterio se reunía casi todos los días en el patio con otros religiosos, entre los que estaba el P. Felipe Fernández, Agustino, de su pueblo. Otro sobrino de Teyo, que se llamaba como su tío, y sobrino a su vez de ese otro religioso, recoge el testimonio de este segundo tío superviviente:
Entre ellos estaba el P. Felipe Fernández, familiar mío, que me contó cómo se encontraban prácticamente todos los días en el patio de la cárcel y que (mi tío) estaba siempre sonriente. Comentaban que ya habían “sacado” a dos del pueblo que eran Genaro Díez, Agustino, y Serviliano Riaño, Oblato. Comentaban, y mi tío Felipe insistía mucho en ello, que estos dos muy probablemente ya hubiesen sido asesinados y que eran mártires.
Mi tío Felipe ponía mucho énfasis y a mí me quedó muy grabado, que en ese grupo, el 27 de noviembre de 1936 se comentaba el hecho de que se estaba preparando una gran “saca”, como así fue, que era muy fácil que les tocase a alguno de ellos, y que a modo de despedida comentaban: “Si no nos vemos más, hasta el Cielo”.
El 28 de noviembre por la mañana este grupo de religiosos del pueblo que estaba prisionero fueron a buscar a Eleuterio y ya no lo encontraron.

Aquella noche del 17 al 28 de noviembre había sido “sacado” de la prisión para ser inmolado en Paracuellos. Su nombre con el de otros 12 Oblatos está en la lista de quienes, bajo la apariencia de “orden de libertad”, son llevados al hoy llamado Cementerio de los Mártires de Paracuellos.

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