domingo, 10 de enero de 2010

Justo Fernández González


Datos biográficos

Justo Fernández González nació el 2 de noviembre de 1916 en Huelde, provincia y diócesis de León. Este pueblo posteriormente quedaría anegado por las aguas del Pantano de Riaño.
Justo es el más pequeño de 12 hermanos, familia humilde y sencilla de labradores, profundamente religiosa semillero de vocaciones. De los 12 hermanos, 8 respondieron al llamamiento de Cristo consagrándole su vida: dos sacerdotes diocesanos, dos Oblatos, un Franciscano y tres hermanas de la Sagrada Familia de Burdeos.

En septiembre de 1929 justo ve realizado su sueño de ingresar, también él, como había hecho su hermano Tomás, en el juniorado de los Misioneros Oblatos de Urnieta (Guipúzcoa).
En junio de 1934 pasa a Las Arenas (Vizcaya) para hacer el noviciado y profesa el 16 de julio de 1935. A continuación es enviado a Pozuelo (Madrid) para iniciar los estudios eclesiásticos que tendrían que llevarle hasta el altar. Apenas termina el primer curso, tras unos días de retiro, Justo se prepara con sus connovicios a renovar su oblación temporal. Era el 16 de julio de 1936. Sólo seis días después, el 22 de julio, sería detenido con todos los miembros de la comunidad oblata de Pozuelo.

Martirio

Tras dos días de prisión en el propio convento convertido en cárcel, es llevado con sus compañeros al centro de Madrid, Dirección General de Seguridad. Justo, con sus hermanos Oblatos, al día siguiente se encuentra en libertad, pero desorientado, en la Capital de España sin saber a dónde ir. Se refugia con un primo suyo en casa de una familia, hasta que es detenido otra vez y conducido a la Cárcel de San Antón. De aquí fue “sacado” con otros doce Oblatos el 28 de noviembre de 1936 para ser martirizado en Paracuellos del Jarama. Acababa de cumplir 20 años.

Ya desde niño…

Vino al mundo para ser santo y nunca per­dió de vista su meta. Caminaba hacia ella con una intensa vida de oración y cultivando el corazón noble, bondadoso, pacífico y paci­ficador que poseía.
Durante la infancia asistía a la escuela y todos los días a la catequesis que daba el párroco en el pórtico de la iglesia antes de rezar el rosario. Ayudaba a Misa todos los días y recibía el sacramento de la reconciliación con frecuencia. Dos anécdotas pueden ayudarnos a intuir su profunda vida de piedad.

Cuenta su sobrino y coetaneo Julián, que convivió de niño con él: “Recuerdo que murió un familiar y cuando lo conducían la iglesia, nos invitó a un grupo de niños que íbamos con él, a rezar un Padrenuestro”.
La otra anécdota nos la refiere su hermana: “Cuando sólo tenía ocho años un día me dice: “¿Sabes que Paco es el novio de Constancia” (una hermana mayor). Y yo le dije: “Y el mío, ¿quién es?” Y me contestó: “El tuyo es Jesús”. El había oído que yo quería entrar monja…

El P. Olegario Domínguez, que convivió con él en el seminario menor, cuenta cómo le impresionó: “A los que fueron mis compañeros los admiré siempre por su regularidad, generosidad y fidelidad en lo que se nos pedía, especialmente Justo, que fue puesto por los superiores como responsable de los pequeños. Recuerdo que con mucha delicadeza nos llamaba la atención e, igualmente, impedía que hubiera conflictos”.

…y de joven

Ya en Pozuelo, Justo veía el ambiente hostil, muy tenso, contra todo lo religioso, como podía verse por la quema y saqueo de iglesias y conventos.
El P. Pablo Fernández subraya la animadversión contra los Oblatos por odio a la fe: “Los Oblatos de Pozuelo eran muy apreciados y valorados por los creyentes, y convocados a asistir a reuniones y celebraciones religiosas, en las fiestas patronales, así como en otras solemnidades. También eran llamados para dar ejercicios espirituales. Esta buena fama entre los creyentes tenía como contraposición la animadversión, por odio a la fe, de los grupos extremistas, anarquistas… Este clima se debía a que la comunidad de los Misioneros Oblatos era la que promovía la vida cristiana en todo el contorno de Pozuelo: Aravaca, Majadahonda y Húmera”

Sobre la previsión del martirio, añade: “Los días anteriores al 22 de julio, aunque no salían del convento, sin embargo estaban siendo testigos de lo que ocurría a su alrededor: el humo que veían de las quemas de iglesias y conventos en Madrid, las idas y venidas de los milicianos por las calles, las amenazas directas, cuando pasaban por delante del convento, provocando, diciendo: “¡Mueran los frailes!” Todo esto hacía que la comunidad previera que, de un momento a otro, fueran a por ellos. Tanto es así que cuando entraron, el hermano portero avisó al P. Delfín Monje y le dijo: “¡Ya están ahí!”
El trato que recibieron en la cárcel, expresado por testigos oculares, fue despiadado, con muchos desprecios, pasando frío, hambre, mucha miseria, incluso llenos de piojos. No tengo constancia de que fueran sometidos a interrogatorios.
El comportamiento de los Siervos de Dios en la prisión fue de serenidad, de mucha confianza en Dios, al que invocaban repetidamente (…) Quiero resaltar que los formadores superveintes estuvieron presidiendo aquella pequeña comunidad en cautiverio. No hicieron dejación de sus responsabilidades. Los escolásticos por su parte mantuvieron, en todo momento, la deferencia y la obediencia a sus Superiores.
Su reacción ante la previsión del martirio fue de mucha serenidad, dominio de sí y oración al Señor. El móvil que los guiaba era el deseo de consumar su oblación, hasta el punto que uno de los supervivientes me dijo: Nunca me he tenido más preparado para la muerte que en aquellos momentos”.





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