martes, 12 de enero de 2010

Marcelino Sánchez Fernández


Datos biográficos

Marcelino Sánchez Fernández nació en Santa Marina del Rey, diócesis de Astorga y provincia de León, el 30 de diciembre de 1910.
Sus padres, Nicolás y Ángela, tuvieron ocho hijos, los cuales murieron todos en vida de los padres, excepto Marcelino y otro llamado Ángel. Era una familia cristiana con una conducta moral buena.
Ingresa en el juniorado de los Misioneros Oblatos de Urnieta (Guipúzcoa). La salud de Marcelino era precaria, lo que le obligó a regresar a la casa paterna. Una vez que se hubo recuperado, volvió al juniorado, y al no verse capaz de seguir con los estudios por motivos de salud, se le orientó hacia la vocación como hermano Oblato. Así, el 24 de marzo de 1927, comenzó el noviciado en Las Arenas (Vizcaya) en calidad de Hermano coadjutor y profesó el 25 de marzo de 1928, fiesta de la Encarnación del Señor. Permanece en la comunidad del noviciado, prestando valiosos servicios como sastre y portero. En 1930, inaugurado el escolasticado o seminario mayor de Pozuelo, es destinado a esa nueva comunidad y se dedica a prestar sus servicios a distintas tareas, principalmente la sastrería.
En 1935, después de siete años de votos temporales, hace su oblación perpetua y se siente ya plenamente integrado en la Congregación a la que siempre ha mostrado gran cariño. Se le recuerda como un religioso ferviente, devoto de la Virgen, cuyo rosario lleva siempre consigo, obediente, responsable y servicial.

Detención y martirio

El 22 e julio de 1936 es detenido con toda la comunidad oblata en Pozuelo de Alarcón; prisionero con todos, es llevado a la Dirección General de Seguridad situada en la plaza Puerta del Sol, centro de Madrid. Al día siguiente recobra la libertad.
En una redada general es detenido de nuevo y llevado a la Cárcel Modelo en Madrid. El 15 de noviembre de 1936 es trasladado a la Cárcel de San Antón (colegio de los Escolapios transformado en prisión), y durante la noche del 27-28 del mismo mes es “sacado” para ser martirizado en Paracuellos del Jarama, a pocos kilómetros de Madrid. Tenía 26 años.

Testimonios

Durante su infancia Marcelino vive en un ambiente bueno, apacible, religioso. Pertenecía a la asociación de los “Tarsicios”, movimiento católico para inculcar a los niños la devoción a Jesús Eucaristía y la comunión frecuente.
En el origen de su vocación se manifiesta con fuerza su fe para seguir el llamamiento de Dios, a pesar de la situación de su madre, paralítica. Dotado de buena voluntad y amante de su vocación religiosa, sigue fiel a ella, a pesar de los contratiempos y achaques de salud que le impiden continuar sus estudios y acepta con humildad el abandonar su proyecto de ser sacerdote para continuar en la vida religiosa como hermano coadjutor.

Un superviviente, el P. Felipe Díez, dice de estos hermanos oblatos, no sacerdotes:
Vivían en un sacrificio ejemplar en los distintos ministerios que ellos tenían. Entre otras tareas, recuerdo que el Hno. Bocos se dedicaba a la cocina, el Hno. Eleuterio atendía el cuidado y limpieza de la casa, y el Hno Marcelino Sánchez se dedicaba a la sastrería, arreglando sotanas (…). Vivieron la virtud de la pobreza aceptando la realidad de nuestra vida llena de carencias en cuanto a lo material, viviendo el Evangelio en el amor y fidelidad al trabajo, buscando, como dice el Evangelio, “servir y no ser servidos”.
De manera especial quiero destacar el ejemplo de los Hermanos Coadjutores que desempeñaban con alegría las tareas más humildes en la comunidad y eran un estímulo para todos. Concretamente, recuero a los Hermanos Bocos, Sánchez y Prado dándonos un ejemplo alegre y sencillo en el trabajo cotidiano.

En cuanto a las penalidades y vivencia durante la prisión y martirio, puede verse lo señalado referente a los otros Oblatos, Siervos de Dios, martirizados. Baste evocar un breve pasaje del elocuente testimonio del P. Felipe Díez, superviviente:
En el momento de la muerte, he oído que alguien, que por las descripciones coincide con el P. Esteban (nuestro Provincial), que pidió permiso para dar la absolución a sus compañeros. Y sus palabras últimas fueron: “Sabemos que nos matáis por ser sacerdotes y religiosos. Os perdonamos. ¡Viva Cristo Rey!”


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