martes, 20 de enero de 2015

Mi hermano “Clementín”




Maruja habla de su hermano “Clementín”


Evocamos de nuevo al mártir Clemente Rodríguez Tejerina. Es el Benjamín del grupo de los Mártires Oblatos: 18 años. Había comenzado el noviciado a la edad de 17 años. Era lo normal entonces. Termina ese año de formación religiosa y hace la primera oblación o primeros votos temporales en Las Arenas (Vizcaya). Acto seguido  pasa a Pozuelo de Alarcón (Madrid) para estudiar filosofía y teología a fin de prepararse a la ordenación sacerdotal e irse después a misiones. Apenas había terminado su primer año de filosofía cuando, en su propio convento, fue hecho prisionero con toda la comunidad oblata. Fue la primera estación de su viacrucis. Seguirán las otras: Dirección General de Seguridad, casa provincial, clandestinidad, Cárcel Modelo, Cárcel de San Antón (colegio de los PP. Escolapios transformado en prisión) y por fin el Calvario en Paracuellos de Jarama. Pero dejemos que otra de sus hermanas nos lo cuente. 




Testifica María (Maruja) Rodríguez Tejerina, hermana del mártir Clemente.
Maruja nació en Santa Olaja de la Varga (León), es soltera, maestra logopeda, católica practicante. A la hora de dar su testimonio tiene 76 años.
Cualidad del testigo: de visu (ocular) y de oír a quienes lo conocieron. 


Declara: “Soy hermana del Siervo de Dios Clemente, aunque no tuve con él trato, puesto que cuando se fue al Seminario de los Oblatos yo tenía 3 ó 4 años. No obstante, he vivido en mi casa el proceso de la muerte y martirio de mi hermano.

Seis hermanos consagrados

Nuestros padres fueron José y Francisca. Éramos una familia humilde, que se dedicaba a los trabajos del campo. En ella se vivía respeto, amor y un gran ambiente religioso, del que participábamos todos, incluido mi  hermano Clemente. Yo, por ser bastante más pequeña que él, no lo conocía personalmente, pero sí que puedo testimoniar de la vivencia de la familia, que era un niño dócil, obediente y religioso. Del ambiente religioso en que vivía la familia, puede hablar el hecho de que de los doce hermanos, seis fueron religiosos: dos hermanas de la Sagrada Familia de Burdeos, dos Capuchinos y dos Oblatos: Clemente y Miguel.
     
Devoción a la Eucaristía

Mi madre nos inculcó desde muy pequeños el amor a la Eucaristía y la devoción al Sagrado Corazón, de tal forma que todas las noches nos reunía a todos los hermanos en el comedor, y rezaba una oración ofreciendo a sus hijos al Sagrado Corazón. Además pedía por la perseverancia de todos nosotros, aunque en aquellos momentos yo no podía entender bien lo que aquello significaba. Por otra parte, y al examinar el comportamiento y martirio de mi hermano Clemente, comprendo perfectamente que ella nos inculcara una fortaleza grande en el seguimiento de Cristo. Mi madre murió de repente, tal y como ella lo pedía al Señor y el mismo día de su muerte envío una carta a mi hermano. Estoy segura de que una de las cosas fundamentales que le diría tendría relación con esa fortaleza que ella nos inculcó. La devoción que nos inculcó a la Eucaristía era también muy singular. Ella era “María de los Sagrarios”, y las fiestas de la Eucaristía tenían una importancia muy singular haciéndonos participar en la preparación de los altares a todos los hijos, cuidando hasta los más pequeños detalles, mostrando en todo ello un gran amor al Señor.

Infancia y adolescencia

La infancia y adolescencia de mi hermano Clemente transcurrió toda ella en el ambiente de religiosidad que ya he declarado. Tengo que añadir que la preparación a la primera Comunión la hacía, además de la catequesis que se daba en la parroquia, mi propia madre, que nos inculcaba ese amor por la Eucaristía.
      Sobre cuándo surgió en él la vocación, no lo sé en concreto. Sí puedo decir que a casa venía con mucha frecuencia un sacerdote, oblato, que prácticamente era como de la familia y que se llamaba el Padre Emilio. Por otra parte, el hecho de tener dos hermanas de la Sagrada Familia de Burdeos probablemente también influyó en su vocación.
      Todos estos conocimientos los tengo por lo que yo he vivido en mi propia familia.

Ambiente de persecución

Por lo que yo he oído a mis hermanos, el ambiente sociopolítico que se vivía en Madrid y sus alrededores era de persecución contra lo religioso. Yo misma experimenté en el pueblo este mismo ambiente de persecución religiosa, hasta el punto de que mi madre se presentó en el Ayuntamiento, como representante de familia numerosa, exigiendo que el crucifijo no fuese quitado de la escuela.
      La primera detención que sufrió mi hermano Clemente, según las referencias que yo he escuchado en mi propia familia de mi hermano Miguel y mi hermana Josefa, fue cuando los milicianos entraron en el Seminario de Pozuelo y después de hacer un registro en toda la casa, condujeron a toda la Comunidad al comedor. Permanecían siempre bajo la amenaza de las armas de los milicianos, los cuales les hicieron volver a sus habitaciones, para, de nuevo, reunirles.

Tras la primera “saca”, a la espera de la segunda llamada.

Leyeron una lista de siete Oblatos y un seglar, se los llevaron y ya no se volvió a saber más de ellos. La reacción de ellos, según las referencias que tengo, fue la de estar preparados para una segunda llamada y que si así sucedía el Señor les daría la fortaleza suficiente.
      Por referencias de mi hermana y de mi hermano Miguel, supe que el Superior de la Comunidad, el Padre Vicente Blanco, reunió a toda la Comunidad en la Capilla para consumir el Santísimo, que les fue a decir unas palabras de aliento a los seminaristas y comenzó a repartir la comunión, no pudiendo continuar debido a la emoción que le embargó, teniendo que continuar otros padres con el reparto de la comunión. Parece que al terminar, el mismo Padre Vicente Blanco sollozando dijo: “Qué va a ser de nosotros ahora que no tenemos el Santísimo”.

El único delito de todos ellos…

      Mi hermano fue detenido (como todos los demás) por el sólo hecho de que era religioso. Su única misión en el momento de la detención era la de ser un seminarista estudiante y nunca he oído, en ningún sitio, ni he leído que mi hermano Clemente, ni ningún otro miembro de la Comunidad tuviesen adscripción política alguna.
      Según mis referencias, dados los hechos que estaban sucediendo y las circunstancias, mi hermano y los otros compañeros preveían que fuesen detenidos sin que pudiesen hacer nada por evitarlo. Fueron detenidos por los milicianos de Pozuelo y, en cuanto a la reacción, ya la he descrito anteriormente.

Dispersión en la clandestinidad

La Comunidad, a excepción de los siete a los que ya he hecho referencia, fue conducida a la Dirección General de Seguridad, donde fueron puestos en libertad. Los Superiores les aconsejaron que fuesen a casas de familiares o conocidos, y los que no los tenían fueron a la Casa Provincial en la calle Diego de León.

Confianza: el Señor les daría la gracia de permanecerle fieles

Mi hermana Josefa, religiosa de la Sagrada Familia, que estaba en Madrid, fue a visitar a mi hermano que estaba en la Casa Provincial. Estando con él, ella le preguntó cómo estaba de ánimo, entonces mi hermano le contestó que sabía el peligro que corría, lo que temían era que los separasen porque estando juntos aunaban su fuerza; de todas formas si era necesario morir, él confiaba que el Señor les daría fuerza para serles fieles. Esto lo he sabido por referencias directas de mi hermana Josefa, después de terminar la guerra.

“Puestos en libertad”

No puedo precisar con detalle dónde estuvo mi hermano escondido al ser expulsada la Comunidad de Diego de León; algo recuerdo de una pensión por la Carrera de San Jerónimo. Lo que sí supe es que en aquella pensión lo volvieron a detener y lo condujeron a la Cárcel Modelo y más tarde trasladado a la Cárcel de San Antón. Mi hermana Josefa hizo muchos intentos por verle, y tanto insistía que un día tuvo un enfrentamiento directo con un guardián de la cárcel que llegó a decir que si quería ver a su hermano, que estaba allí, se quedara ella también. Que si quería saber de su hermano fuese a un Departamento de Justicia, que allí podría encontrar el destino de Clemente. Mi hermana así lo hizo, y efectivamente, encontró la ficha de mi hermano que decía: “Clemente Rodríguez Tejerina fue puesto en libertad el 28 de noviembre de 1936”. Como mi hermana sospechaba de la redacción de ese documento, se dirigió al Consulado de Chile para pedir información sobre el contenido de la nota y allí le informaron que todos los que figuraba como “puestos en libertad” en esa fecha habían sido fusilados en Paracuellos del Jarama.

Previsión del martirio

Sobre si mi hermano previó el martirio, por lo mismo que ya he declarado, para mí es evidente que lo preveía y esto, al menos, desde que tuvo la conversación con mi hermana en la Casa Provincial de Diego de León. La razón por la que preveía el martirio fue la persecución que estaba sufriendo, y su reacción ante dicho martirio, como le manifestó a mi propia hermana, fue la de aceptación plena.

Consciente de que lo mataban por ser religioso

El único móvil que le podía guiar era el seguimiento de Jesucristo y, por las fuentes que he indicado, era plenamente consciente que, si lo mataban, era por su condición de religioso, y en consecuencia por odio a su fe cristiana.
      Como ya he declarado el martirio tuvo lugar de Paracuellos de Jarama el 28 de noviembre de 1936.
      Por mi propia hermana y también por mi hermano Miguel, supe que en el grupo de los que iban a fusilar, había un padre mayor que, en el momento de la muerte, les dio ánimos invocando a Jesucristo y para que perdonasen. Esto lo supieron mis hermanos por un Señor que presenció la ejecución.

Fama de martirio

En mi familia la fama del martirio de mi hermano Clemente fue desde el primer momento. Como hecho concreto puedo declarar que, cuando murió mi padre, nos encontrábamos prácticamente todos los hijos con él y le dábamos ánimos recordándole cómo entre las personas que le estarían esperando se encontraba Clemente, su hijo mártir.
      Cuando a mi casa llegó la noticia de la muerte de Clemente y las circunstancias en las que se había producido, la convicción tanto de mi padre como de mi hermana mayor es que se trataba de un mártir.
      Esta fama sigue viva entre toda nuestra familia, amistades íntimas y en los padres Oblatos, así como en las religiosas de la Sagrada Familia de Burdeos. A él, yo lo digo en concreto por mi hermano, me encomiendo yo misma. Yo personalmente, tengo el convencimiento de que mi hermano es mártir”.
María Rodríguez Tejerina


Don Manuel González, Apóstol de la Eucaristía,
fundador de las "Marías de los Sagrarios Abandonados".
Debajo, su testamento, en su tumba, catedral de Palencia.



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